Celulares para calmarlos, tablets para entretenerlos y videos para acompañar comidas o momentos de espera. Las pantallas se instalaron en la vida cotidiana de niños y adolescentes a una velocidad que muchas veces pasa inadvertida. Sin embargo, especialistas en salud mental y neurodesarrollo infantil advierten que la exposición excesiva y cada vez más temprana a dispositivos electrónicos podría estar teniendo efectos importantes en áreas clave del desarrollo.
En un mundo hiperconectado, donde los dispositivos dejaron de ser herramientas ocasionales para transformarse en protagonistas de la rutina diaria, muchos padres enfrentan una pregunta cada vez más frecuente: cuánto tiempo frente a pantallas es demasiado para un niño. Y aunque el debate antes se centraba en el sedentarismo o el exceso de tiempo online, hoy la preocupación apunta a otro fenómeno: el impacto que esta sobreestimulación podría tener sobre el lenguaje, la capacidad de atención, el sueño y las habilidades sociales.
Especialistas advierten que la exposición digital temprana se ha normalizado a niveles que superan ampliamente las recomendaciones internacionales. En esa línea, una encuesta realizada por el Centro UC de la Familia y la Escuela de Trabajo Social, aplicada a 390 madres, padres y cuidadores, reveló que el 67% reconoce que niños y niñas están expuestos diariamente a pantallas de teléfonos. Además, un 49,5% afirmó que los menores pasan más de 30 minutos al día frente a estos dispositivos y un 56% comenzó a utilizarlos entre el primer y tercer año de vida.
Diversas investigaciones han vinculado el uso intensivo de pantallas durante los primeros años de vida con dificultades en comunicación e interacción social, además de conductas similares a las presentes en algunos trastornos del neurodesarrollo. Desde Clínica MirAndes, además, alertan sobre un aumento de consultas relacionadas con dificultades en el lenguaje, problemas atencionales y desafíos en la comunicación social en menores con altos niveles de exposición digital. “Sabemos que durante los primeros años el cerebro atraviesa etapas especialmente sensibles. En esta etapa, los niños necesitan experiencias reales de interacción para desarrollar habilidades fundamentales como el lenguaje, la regulación emocional y el aprendizaje. Un niño aprende mirando rostros, escuchando tonos de voz, esperando turnos, jugando y observando cómo reaccionan otras personas. Ninguna aplicación puede reemplazar ese aprendizaje”, comenta el Dr. Antonio Núñez, psiquiatra infantojuvenil de Clínica MirAndes.
El psiquiatra recalca que esto no significa que las pantallas “causen autismo”, ya que el Trastorno del Espectro Autista (TEA) tiene un origen neurobiológico y genético. Sin embargo, sí advierte que ciertos hábitos digitales pueden generar señales que, en algunos casos, llegan a confundirse con un trastorno del neurodesarrollo. “Hoy vemos niños con menos tolerancia a la frustración, menor interés por interactuar, dificultades para sostener conversaciones o escasa respuesta a estímulos sociales. Son conductas que requieren evaluación profesional y que muchas veces aparecen en contextos donde gran parte del tiempo libre está mediado por dispositivos electrónicos”, señala.
El impacto no solo se observa en el ámbito social. El uso de dispositivos durante la noche también altera la producción de melatonina y afecta la calidad del descanso, algo especialmente delicado en etapas de crecimiento. A esto se suma la exposición constante a estímulos rápidos e inmediatos, que puede dificultar actividades que requieren concentración sostenida, como leer, estudiar o incluso tolerar momentos de aburrimiento.
“Muchos padres notan irritabilidad cuando se apagan las pantallas, necesidad constante de estimulación o dificultad para mantener la atención en tareas cotidianas. El cerebro infantil se adapta rápidamente a dinámicas de recompensa inmediata, y después actividades más lentas pueden volverse menos atractivas”, sostiene el experto.
Pese a las alertas, los especialistas insisten en que la solución no pasa por demonizar la tecnología, sino por acompañar y regular su uso. El consenso actual apunta a que la supervisión adulta, la calidad del contenido y los límites de tiempo son factores decisivos para disminuir riesgos. “No se trata de eliminar las pantallas, porque forman parte de la vida actual. El desafío está en que no desplacen experiencias esenciales para un desarrollo saludable, como el juego libre, la actividad física, la lectura o la interacción familiar cotidiana”, concluye el Dr. Núñez.













